Cork and carry. ¿Nos llevamos a casa el vino?

Consejos y Tips de Vino

Cork and carry. ¿Nos llevamos a casa el vino?

Ruth de Andrés Ruth de Andrés | 29 junio, 2016

Nuestra forma de beber y la fabricación artesanal del vidrio nos llevaron al tamaño estándar de 75 cl. ¿Y qué pasa con este tamaño en los restaurantes?

Cork and carry es el nuevo movimiento que está en boga en la ciudad de Nueva York.

Antiguamente, cuando la fabricación de vidrio era algo manual, 75 centilitros era la medida máxima que podían conseguir soplar de una sola vez los artesanos. Y ahí quedó instaurado el patrón. Parece que hace no tantos años, una persona consumía una botella de 75 centilitros por comida. No sé si es una exageración, pero de cualquier modo, las cosas ya no son así. Por suerte para nuestros hígados, añadiría yo.

Sea como sea, la verdad es que a veces las botellas estándar se nos han quedado grandes y a veces pequeñas. Ya lo hablamos hace unas semanas en un post: a veces abrimos una botella para comer y la arrastramos un par de días. Muchos inventores han hecho su agosto ideando todo tipo de artilugios para conservar el preciado líquido y evitar que se oxide. Algunos muy efectivos, que ya os los había contado. Así que en casa estamos cubiertos.

EL PROBLEMA.

El problema lo tenemos cuando salimos y nos sobra vino en el restaurante: bebes la mitad de la botella y la pagas entera. Casi te alegras de librarte de ella, cuando no te ha gustado el vino (lo reconozco: soy de las que si abro una botella y no me gusta, soy incapaz de vaciarla por el fregadero; por inexplicables razones morales, me la bebo). Pero ¿Y si te gusta…?

LA SOLUCIÓN: CORK AND CARRY.

A grandes problemas, grandes remedios: en la ciudad de Nueva York, hay un movimiento, llamado cork and carry, a favor de instaurar la sana costumbre de llevarte la botella a casa (incluso te proporcionan una bolsa especialmente diseada para ello, Doggy Bag); porque la anécdota es que allí había una ley que lo prohibía expresamente; es lo que pasa cuando todo está legislado. Aquí nos saltaríamos ese inconveniente y sólo nos quedaría vencer nuestra vergüenza, también por inexplicables razones: porque si cuestan lo mismo los primeros 20 cl. que los últimos ¿por qué los despreciamos?

 

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