Adjetivos del vino. Geometría y poesía.

Curiosidades del mundo del vino

Adjetivos del vino. Geometría y poesía.

Ruth de Andrés Ruth de Andrés | 7 junio, 2016

Una imagen vale más que mil palabras. También con los vinos. A veces uno trata de buscar y rebuscar un buen adjetivo que defina un vino y no lo encuentra hasta que te das cuenta que no dices más que palabras vacías que no acaban de reflejar lo que sientes.

Los adjetivos del vino. No sé si os pasa, pero a mi me ocurre que me aburre leer las catas de los vinos. Al final encontramos los mismos adjetivos una y otra vez: frutas rojas, tabaco, vainilla, pimienta madera, herbáceo; ataque suave, final largo, sedoso… Tampoco me gustan los adjetivos ininteligibles con tintes poéticos tipo enaguas recién almidonadas. Es un buen ejemplo.

Más adjetivos del vino: Empireumáticos, tinta china, grafito, cuero viejo de Moscú y sotobosque mediterráneo. Otras lindezas que a veces se escuchan en catas y, la verdad, salvo entre profesionales, el personal queda bastante indiferente.

LOS TÉRMINOS GEOMÉTRICOS

Sin embargo,  hay palabras o términos que, aunque no son usuales, cualquiera puede adivinar su significado. Muchas de estas palabras son términos geométricos. Quizá, trasladar algo tan indeterminado como un olor a algo tan visual como una forma, es poner las cosas fáciles.

Pondré tres ejemplos:

Redondo. Entre los vocablos más habituales se encuentra el de redondo. Habíamos hablado de redondez también en uno de mis vídeos. Nos referimos a un vino conjuntado y bien estructurado. Lo contrario es que tiene aristas, como esquinas o ángulos, que nos pinchan en la boca. Pensad en aristas de acidez que rompen la redondez de un vino. O pensad en un mal cava que las burbujas en vez de cosquillear, nos pinchen al explotarse en la boca.

Hueco. Otro de los adjetivos del vino que me gusta utilizar porque es muy visual, es hueco. Vinos con mucha estructura pero poco sabrosos. Son esos que dejan el paladar y las encías ásperas, pero en el centro no hay nada. Como una oquedad, vacíos en el centro y solo la rugosidad en las paredes de la boca.

Largos o profundos. Son aquellos que, sin ser especialmente sabrosos al entrar, al cabo de unos segundos empiezan a revelarse. Son vinos que da la impresión de que no quieran molestar y, poco a poco, van despertándose y despertando nuestro sentidos. Tengo que reconocer que son mis preferidos. Y si queréis aquí os dejo un enlace a una cata de un vino profundo, Biga de Luberri.

No hay que olvidar que una cata es ante todo un ejercicio de comunicación. Se trata de expresar y transmitir lo que para ti supone un vino: no sólo a qué huele o a qué sabe, sino también que sensaciones te provoca y si te emociona.

Conseguir transmitirlo y entusiasmar forma parte de la poesía del vino. Aunque para ello, recurramos a la geometría.

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